Al anciano abandonado que algunos llevan dentro.
Silencio. Puedo sentir con nitidez el pulso cansino de mi corazón. Silencio de nuevo. Y, una vez más, el ruido ensordecedor de un aislado latido irrumpe escandaloso en la soledad de mi habitación. Son ya dos días de lenta despedida, sin ánimos para pedir ayuda, sin apenas fuerzas para respirar. A mi mente llega, lejano y dulce, el canto del poeta hecho lamento: ’Soledad, que acompañas mis horas, mis noches, mis días, sin desmayos, sin fatigas,...’.
Silencio cruel. Me obligas a pensar y no quiero. Me obligas a escucharme y no me atrevo. Me has dado tiempo para reconciliarme conmigo mismo y ya lo he hecho. No he encontrado muchas faltas por las que pedir perdón, ni pecados que confesar. Errores muchos, pero no pecados. Eso lo dejo para los que se anhelan puros de espíritu, para los que tengan un cielo que ganar. No busco tan lejos mi consuelo. Si una virtud me fue concedida esa fue la de la resignación, que me ha ayudado a convivir con el peso del olvido, con el dolor lacerante de la ingratitud. A nadie deseo castigo tan injusto, que llega a hacer creer a la víctima culpable. ¿Culpable de qué? ¿De haber sido un mal padre? No lo acepto. Trabajé duro para ellos, construí sus vidas renunciando sin queja a una vida propia, les di los estudios que no conocí, los viajes que yo sólo soñé, tuvieron moto, dinero fresco en el bolsillo, y hasta la entrada para un piso. Su madre no lo hubiera hecho mejor de haber podido. ¡Pobre Marcela, a ti sí que te echo en falta! Pero tal vez me equivoqué, no lo niego. La soledad ha acabado por convertirme en juez de mis propios actos y hace tiempo que emití sentencia. Admito mis errores. Creí suplir con presentes mis ausencias, fui parco en palabras, esquivo al roce, al beso o la caricia. Y destejí, sin saberlo entonces, el manto sutil que cobija a los sentimientos. Admito mi error, insisto en ello para que quede claro, aunque, sin audiencia que escuche mi confesión, acaso ya no sirva para nada más que para acallar mi conciencia. Pero la purga no fue proporcionada. Los niños se hicieron mayores, abandonaron el nido, echaron a volar bien lejos. Palabras huecas, ‘te vendremos a ver’, ‘ven a visitarnos’, buenos propósitos barridos por el viento, cuatro llamadas al año, más tarde dos,..., distancia, indiferencia, y al fin olvido.
Soledad altiva. Te deseé al principio, herido en el orgullo. Cortejé tus silencios insinuantes y escuché al tiempo tu voz poderosa que daba siempre la razón a mis razones, y caí pronto rendido a tus encantos. Me protegiste del mundo y me hiciste fuerte. Dejé de necesitar a nadie más que no fueras tú misma, mi amiga fiel y comprensiva. Corté amarras con la familia y me alejé poco a poco de mis amigos. No los necesitaba. Tan sólo dejé que tú, Marcela, me visitaras a tu antojo. Navegué una y mil veces entre las aguas turbias de tu ausencia, tan lejana ya, tan olvidada por todos, por tus hijos, tus hermanas, tus amigos,..., menos por tu Juan, que te quiso siempre aunque no te lo dijera nunca. Siento no haberlo hecho, Marcela, no sabes cuánto. Sentir era nuevo para mí, bien lo sabes, quizás no debí hacerlo sin tomar mis precauciones, pero lo entendí tarde. Ahondé insaciable en mis propios sentimientos y acabé perdido en los recovecos de mi alma solitaria. Y fui muriendo en vida.
Soledad agonizante. La que se siente cuando te quedas solo en alta mar, flotando exhausto a merced de las olas del pasado ingrato y de un futuro amargo, desarbolado ya el barco de tus convicciones, de tus seguridades, de tus verdades absolutas. Pides socorro pero nadie te escucha. Agitas tus brazos pero nadie te ve. Notas que cada vez cuesta más gritar, que es mejor no moverse demasiado, que es prudente dosificar tus fuerzas menguantes. Así me vi a mi mismo cuando tomé conciencia de que mi soledad ya no era escogida sino fatalmente impuesta. Desorientado de nuevo, frágil, olvidado por aquéllos a quienes desde ahora ya no podrás olvidar, porque forman parte inseparable de ti, aunque no lo sepan, aunque lleguen a enterarse demasiado tarde. Duele el olvido, ahora lo sé. Te reduce a la categoría de cifra en una fría relación de pensionistas con derecho a paga, de registro en una base de datos que te bombardea con correspondencia impersonal, inútil. Lees tu nombre en el buzón y no te reconoces, porque te sabes ausente. Los vecinos hacen ver que te hablan, que te conocen de toda la vida, pero tú no los escuchas, porque te aburren sus frases de cortesía, sus monólogos cargados de miradas ofensivamente piadosas. No necesitas que nadie te recuerde tu condición y por eso los despachas con frases esquivas, que en sus oídos suenan insolentes. Reproduces a diario el ritual del naufrago: te levantas temprano, te aseas, tomas las medicinas que te mantienen unido a una existencia gris, comes poco, apenas para ir tirando, y te acuestas temprano, para no alargar el día innecesariamente, para anestesiar tu dolor con el runrún narcotizante de una vieja radio. Y sueñas que todo ha sido un sueño, que al levantarte te espera en la cocina aquel café caliente que tanto te gustaba, compartiendo mesa con otros cafés, con los de tus hijos, que te esperan para salir a dar una vuelta. Y sueñas también que protestarás, alegre, por el ruido inocente de mil niños trotando por el pasillo. Y sueñas, al fin, que este sueño ya lo habías soñado ayer, y anteayer, y la semana pasada, y hace un mes y que sólo era eso, un maldito sueño. Y entonces te reconoces soñando que ya no te despertarás, que esta noche será tu última noche, deseando intensamente que así sea.
Soledad amiga. Acompaso mis latidos al ritmo lento de la copla. ‘Soledad, perdóname si hoy día me alejo y te dejo sola, Soledad’. Perdóname por tener que abandonarte ahora que ya nos habíamos acostumbrado el uno al otro, ahora que habíamos llenado nuestros silencios de tantas y tantas complicidades. Pero debo irme sin falta, me espera Marcela. No lo lamentes por mí. Hace tiempo que perdí el respeto al sueño eterno. No puede doler más que la propia vida. ¿Lo ves?, me falta el aliento pero no me duele, apenas toso, ya no me quejo. Siento llegar un nuevo latido,..., ¡aquí está! Esta vez se demoró más. Más que ayer, al menos. Se nos acaba el tiempo, Soledad. Ha estado bien, a fin de cuentas. Tres días despidiéndonos, cerrando asuntos, haciendo balance. No necesitaba mucho más. Ayer me pareció oír golpear la puerta, pero quienquiera que fuese se fue sin insistir. Ya volverán, tal vez mañana o quizás dentro de una semana. Que vengan cuando quieran, yo ya no estaré para recibirles. Diles que me fui de viaje, lejos, muy lejos. Que no dejé las señas. Ya se sabe, con las prisas... No estés triste, Soledad. Me olvidarás pronto, como lo hicieron otros, pero encontrarás nuevos compañeros de viaje con quienes compartir tu eterno otoño. No te faltará la compañía, amiga mía.
Francisco J. Lozano
En Martorell, en el mes de Febrero del año 2003