EL FIN DE LA ETERNIDAD
A Eduardo, con eterno amor
y con eterna admiración.
En la novena planta del Hospital de San Juan de Dios de Barcelona se encuentra, ocupando una de sus dos alas, el Servicio de Oncología, un frío y aséptico término clínico con que se denomina, en palabras más cercanas al sentir de la gente y, por ello, probablemente más hirientes, a la sección destinada al tratamiento de los tumores. En definitiva, a la lucha contra el cáncer.
Como en todos los pasillos de todos los hospitales, por los pasillos de esta novena planta bulle a diario una intensa actividad. Doctores con batas de un blanco inmaculado, enfermeras y enfermeros, familiares de visita, algún que otro enfermo paseando cansinamente aferrado a un brazo amigo, personal voluntario, la señora de la limpieza y el sempiterno carro de la comida, rebosante de bandejas etiquetadas dispuestas a invadir la intimidad de las habitaciones. Siempre los mismos figurantes, moviéndose al compás de un mismo guión.
Todo puede parecer igual, en efecto. Y, sin embargo, todo es diferente, absoluta y dolorosamente diferente. Porque, para quien aún no lo sepa, el Hospital de San Juan de Dios es un hospital infantil y todo aquél que tenga que visitar, por una razón u otra, su sección de oncología, no debe esperar encontrarse con gente adulta sufriendo y luchando contra una maldita enfermedad reservada a los adultos. No, allí sólo encontrará a niños sufriendo y luchando contra una maldita enfermedad que no conoce límites ni edades en su ambición destructiva. Y siendo como es el mismo dolor para quien, sea niño o adulto, le toca soportarlo, no es igual, en cambio, la forma con que este sufrimiento es percibido por parte de quienes les toca asumir el papel de acompañantes. No es lo mismo, no señor.
- ¡Pobre niño! – se queja alguien -. ¡No hay derecho!. ...
- ¡Pero si apenas ha comenzado a vivir! – argumenta un abuelo, con la mala conciencia de quien ya ha podido vivir toda una vida.
- Pero, ¿qué mal habrá hecho, la pobrecita mía? – se interroga para sí una madre desconcertada.
- ¡Con la de gente mala que hay por el mundo! – piensan, en el fondo, todos.
Una interminable letanía de lamentos salpica, día tras día, el suelo, las paredes, todos y cada uno de los recovecos de un hospital en donde la razón se queda permanentemente atascada en la puerta de entrada. Es un cántico cargado de tristeza ante el cruel espectáculo de unos niños machacados por severos tratamientos, cargado de melancolía y añoranza por el recuerdo de tiempos mejores, quién sabe si irremediablemente perdidos, cargado también de impotencia y de rabia contenida ante una situación imposible de asumir por el corazón, ni aun por la inteligencia, y que acaba siendo interpretada en clave de injusticia. Es un cántico, en fin, cargado de preguntas sin respuesta, sencillamente porque nadie puede dar una respuesta con sentido a un drama que carece por completo de sentido.
En la novena planta del Hospital de San Juan de Dios no hay apenas lugar para nuestros dioses ni para nuestras religiones. Basta una breve visita para que la fe de los creyentes salga muy mal parada, casi desgarrada a jirones por latigazos de cruda realidad. Los únicos dioses en ese universo cerrado se pasean periódicamente, habitación por habitación, bajo el disfraz protector de una bata blanca. Pero que nadie crea que se trata de unos médicos. A pesar de que se parecen mucho, que nadie lo crea. Los médicos ocupan el resto del edificio. Están en Traumatología, en Cirugía, en Digestivo, en Endocrino, están por todas partes. Menos por la novena planta. Allá sólo hay dioses vestidos de blanco, los únicos seres capaces de dialogar de tú a tú con la enfermedad y de aplicar alquimias misteriosas que sólo ellos conocen, capaces de mirar directamente a los ojos de los niños, de sus niños, con una mirada desprovista de compasión, porque ellos no están allí para compadecer sino para curar, porque en su lucha sin cuartel la compasión es un lujo que no se pueden permitir. Los seres de blanco que se pasean por la novena planta son los únicos seres capaces de escuchar la voz de súplica de unos padres angustiados, necesitados de buenas noticias, y de emitir un juicio, a veces una sentencia, sin que les tiemble su propia voz. Por sus venas corren todas las esperanzas y todas las decepciones del mundo, las de los niños y los padres que estuvieron, las de los que están y las de los que, sin duda, estarán en un futuro.
En la novena planta del Hospital de San Juan de Dios no cuentan ni nuestro tiempo ni nuestro espacio. Para quienes viven allí, el mundo, nuestro mundo, se quedó fuera del recinto. Ahora son sólo habitantes de un universo propio que tiene sus propias reglas, su ritmo y su cadencia, incluso su propia lógica. Tan sólo las visitas les ponen en contacto, de vez en cuando, con la otra realidad. Pero las visitas vienen y se van y ellos, los habitantes de la novena planta, se quedan, sin saber hasta cuándo ni en qué condiciones. El resto del mundo, el mundo exterior, pasa a su lado sin que ellos apenas lo intuyan.
Y, sin embargo, no está tan lejos. De hecho, está a vista de pájaro. Desde los amplios ventanales, al fondo del pasillo, se puede contemplar una panorámica inmejorable de la ciudad de Barcelona. Calles y avenidas, invadidas por minúsculos coches que se perciben desde aquí como hormigas pululando en torno a un inmenso hormiguero. Manzanas y manzanas de edificios. El puerto al fondo, con barcos que entran y barcos que salen. Más a la derecha, la montaña de Montjuich. Es la gran urbe, que se extiende a sus pies con sus alegrías y sus miserias, su ritmo frenético, sus problemas laborales, sus fiestas de barrio y sus espectáculos, sus partidos de fútbol y sus manifestaciones de protesta. Es un mundo al que pertenecieron una vez y que ahora, desde su atalaya fortificada, les resulta, cuando menos, profundamente ajeno, y a menudo ridículamente absurdo y banal.
Hay muchas otras plantas en el mundo similares a la novena planta del Hospital de San Juan de Dios de Barcelona. Por supuesto que sí. Pero esta planta, mi planta, tiene algo que la convierte, desde mi corazón y desde mi razón, en un lugar único y distinto, absoluta y definitivamente distinto de las demás. Porque uno de los pacientes de esta planta es mi sobrino Eduardo.
Eduardo es un niño, como tantos otros. Apenas nueve años de vida y de experiencia. Poco tiempo, demasiado poco, para alguien con un ansia inmensa por acumular experiencias y con la capacidad para destilar de ellas su mejor esencia. Un niño alegre y extrovertido, inquieto, con una necesidad especial de querer y de ser querido. Eduardo ha disfrutado de una mente despierta y precoz que sorprendió desde un principio a quienes le han conocido y que ha ido madurando, sin duda, a golpe de sinsabores y de sufrimientos. Porque la vida no se lo ha puesto fácil a Eduardo. En realidad, parece que la vida se ha propuesto ponérselo muy difícil, llevarlo al límite, tal vez demasiado al límite. Eduardo tiene un tumor maligno en el cerebro.
Eduardo, su vida y su sufrimiento, han supuesto mi experiencia vital más rica y, a la vez, la más dolorosa. Son muchas las sensaciones que han pulsado los resortes más íntimos de mi raciocinio. Al principio fue la sorpresa y la incredulidad. Después fue la negación sistemática y la búsqueda de argumentos que proveyeran razones para la esperanza. Más tarde vino la decepción. Y ahora ¿quién sabe? ¿La resignación? ¿La rabia, quizás? ¡Qué más da! De la esperanza a la frustración apenas hay un paso, así de frágil es la línea que las une o las separa, según se mire. Hebras y hebras de ambos sentimientos han quedado tiradas en la cuneta de un largo camino que empezó hace ya dos años.
Pero ha hecho falta un drama como el que sufre Eduardo para abrirme, a punto de entrar en los cuarenta, al verdadero sentido de la vida. Y es que, instalado posiblemente en una suerte de sueño feliz, yo creía en la eternidad. El mundo, mi mundo, se componía de una serie de puntos de referencia –familia, salud, trabajo, proyectos- que siempre habían estado ahí, estáticos, apuntalando el edificio de mi vida conforme éste iba tomando forma y altura. Y como siempre habían estado ahí, era lógico esperar que también siguieran estándolo en el futuro. Por siempre más. Así de sencillo.
Bien, las cosas no son, aparentemente, tan sencillas. Los puntos de referencia evolucionan, deben evolucionar, y, de hecho, la mayor parte de las veces lo hacen sin contar con nuestra opinión. En el lugar más insospechado, en el momento más inesperado, el azar puede cruzarse en nuestro camino y desplazarnos a nuevas rutas, tal vez mejores o tal vez más inhóspitas, pero probablemente diferentes. Nada es eterno, ni nada es inmutable. No lo son nuestros seres queridos, no lo somos nosotros mismos, ni siquiera lo serán nuestras obras. Y, a pesar de todo, la toma de conciencia de nuestra temporalidad no es un hecho terrible en sí mismo. Por el contrario, debería dotar de un precioso e inigualable valor a nuestra vida diaria, a nuestras acciones y a nuestros sentimientos hoy, aquí y ahora. Y debería servir también para acotar mejor los valores en torno a los cuales haremos girar nuestros actos y para señalizar las trampas, cargadas de estupidez y de trivialidades, en las que podemos caer sin apenas ser conscientes de ello. Debería. Pero no es fácil. John Lennon dijo, en una reflexión cargada de poesía y de sentido común, que ‘la vida es lo que pasa mientras estamos haciendo otras cosas’.
En la novena planta del Hospital de San Juan de Dios, la vida es lo que pasa mientras existe la vida. Tan simple como eso. Eduardo lo sabe bien, y lo saben su madre y su padre y, desde ahora, todos aquellos que lo han conocido. La vida no es más que eso: una sensación, un sentimiento, el valor inmenso de una sonrisa que pugna por salir de un cuerpo que se niega a obedecer, el convencimiento de saber que esas sensaciones y esos sentimientos, compartidos mientras ha sido posible, sí serán eternos, sí pervivirán en otras mentes y en otros cuerpos, sí vivirán.
Eduardo, corazón por siempre generoso, se aferra desesperadamente a la vida, día a día, minuto a minuto. Y la vida, caprichosa, se deja querer, día a día, minuto a minuto. Y en ese lento, casi agónico, combate desigual, Eduardo se ha ganado, no me cabe la menor duda, el derecho a la eternidad que otros hemos perdido.
En Martorell, la noche del uno de febrero del año 2001.
POSDATA.
Uno puede luchar, deshacerse
en palabras que buscarán el oro del consuelo,
tratar de poner orden en las páginas propias,
porque nos aterra que alguien cruce la puerta inevitable,
que no haya argumentos precisos contra eso.
Uno puede entregarse, descansar
en las noches que preceden a los días de fiesta
y buscar en el denso inventario de los sueños
uno que resista
y en las personas amadas, pulidas por los años,
aquello que permanezca.
(Porque sin recuerdos
no puede haber esperanza).
José Félix Olalla
‘Después de nosotros’.
Eduardo murió el mediodía del lunes doce de marzo del año dos mil uno. Luchó hasta el final con la misma bravura con que se había enfrentado a su enfermedad durante los dos últimos años. Se resistió con uñas y dientes, porque, por encima de todo, Eduardo amaba la vida intensamente y no estaba dispuesto a entregarla a las primeras de cambio. Y a cada zarpazo demoledor con que el maldito tumor golpeaba su cuerpo maltratado, Eduardo respondía con una cansada sonrisa, con un leve apretón de manos, apenas perceptible, con una frágil caricia en la mejilla de su madre.
El reloj de la Vida, que acabó negando su pulso a Eduardo, seguirá marcando el paso a quienes no pueden conciliar el sueño pensando en la última derrota de su equipo favorito, a quienes se envanecen con el éxito profesional y contemplan satisfechos sus abultadas nóminas, a quienes creen justo matar o morir por un pedazo de tierra, a quienes, con el corazón anestesiado por una sobredosis de ignorancia y de estupidez, se han convertido en guadañas oxidadas capaces de segar una vida humana, de negarle su valor irrepetible. A todos ellos, Eduardo, y tantos otros como él, podrían explicarles unas cuantas cosas sobre la Vida, sobre algunas cosas sencillas que la Vida le enseñó en apenas nueve años, verdades preñadas de sentimientos y de sentido común. Pero el Eduardo que yo conocí ya no podrá hacerlo.
No está en mi ánimo plantear la realidad de esta pérdida en términos de justicia o injusticia. Es una reflexión inútil que sólo puede dar de sí más dolor y más amargura. Todo lo contrario. Quiero comprender, quiero aceptar, quiero palpar con mis propias manos la certeza de que Eduardo ha tenido que abandonar su cuerpo. Ya no le servía. Era preferible dejarlo en la cuneta, como quien tira a la papelera una lata de refresco después de haberse apropiado de su contenido. Lo mismo ha debido pasar con la esencia de Eduardo. Era momento de buscar un nuevo acomodo. Ese ha sido siempre su talante: adaptarse a las circunstancias, enfrentarse a las adversidades, buscar alternativas. Nunca rendirse, nunca desesperarse. No es su estilo.
Eduardo ha sabido liberarse de sus ataduras con la valentía de sus guerreros Pokémon, con el arrojo incansable de Son Goku, con el ímpetu despreocupado de su amigo Tintín, con la inocencia, no debemos olvidarlo, de un niño de nueve años. Y en su liberación, Eduardo se ha repartido generosamente en miles de fragmentos, salpicándonos a todos, transformándonos a todos. A su primita Elena, amiga hasta el final, y a Daniel, colega y compañero antes que primo, siempre recordado, siempre añorado, y a mi hijo Alberto, cinco meses de tierna historia, que hinchó sus pulmones de vida mientras Eduardo vaciaba lentamente los suyos, y a quien sólo atisbó a conocer, pero que ya es, estoy convencido, su mejor apoyo. A sus amigos del ‘cole’, testigos de sus correrías, de sus primeras luchas, de sus primeros fracasos y sus primeros triunfos, de sus incipientes amores infantiles. A Deborah, alma sensible, madura y valerosa, con el corazón curtido, como Eduardo, por experiencias vetadas al resto de los mortales. Deborah, ‘abeja’ en hebreo, destiló la mejor de sus mieles cuando los demás nadábamos en un mar de dudas y de zozobra, y nos hizo callar, emocionados, y así, en el silencio, pudimos recuperar la esperanza perdida. Al equipo de dioses-médicos que trataron de curarle. A quienes hemos tenido la suerte de haberlo conocido. Nada es ya igual. Todos, de una u otra manera, hemos salido enriquecidos.
Porque Eduardo, único e irrepetible, luchó y venció. Que nadie se equivoque. Apenas una semana sin él y ya empezamos a descubrirle por todos lados. Ese era su carácter, siempre dispuesto a echar una mano a los demás, cuando era él, sin embargo, quien la necesitaba. Ahora le necesitamos de verdad, porque sólo con su ayuda podremos llenar el vacío de su ausencia. Confío plenamente en su generosidad y por eso intuyo que está, aquí y ahora, más presente que nunca. Sólo es cuestión de saber identificarlo, y con el tiempo aprenderemos a hacerlo. Leerá con nuestros ojos, reirá con nuestras risas, llorará nuestras propias lágrimas, tropezará con nuestras propias piedras, nos inspirará en nuestros aciertos y nos prevendrá de nuestros errores. Crecerá con nosotros.
No pretendo hacer de este texto un homenaje a la memoria de un buen niño. No estaría a su altura. Me daría por infinitamente satisfecho si consiguiera replicar su recuerdo en uno solo de quienes lo lean. Porque con recuerdos sí puede haber esperanza. Porque Eduardo, así, podrá permanecer a nuestro lado. No podemos negarle esta oportunidad. Debemos intentar, debo intentar, estar a la altura de su ejemplo. Porque su valor, su dignidad y su entereza han supuesto mi mayor lección de humildad y son, por encima de todo, el más valioso de sus regalos. Gracias, Edu, te debo una.
Y en el silencio de esta noche de recuerdo emocionado, cazo al vuelo el susurro inconfundible de su respuesta: ‘No se merecen las gracias, tío Frank. Lo hice realmente encantado’.
Francisco J. Lozano
En Martorell, a diecisiete de marzo del año 2001.